miércoles, 21 de julio de 2010

1-La Luz

La luz del cigarrillo dibujó por unos segundos en la oscuridad la silueta de un rostro serio y tenso. Con la bocanada dentro de los pulmones, las brasas bajaron su intensidad trayendo nuevamente consigo la penumbra. Con sus largos dedos tanteó bajo su saco en la zona del estómago buscando confirmar que la 9 milímetros aun se encontraba en el mismo lugar en que la había guardado hacía sólo unos instantes. Con el cigarrillo aún en los labios, volvió a aspirar para luego arrojarlo al suelo y aplastarlo fuertemente con su zapato delicadamente lustrado. Se acomodó por enésima vez la corbata y sacó nervioso la pistola para martillarla, dejando la bala en la recámara. La guardó esta vez en la espalda y miró como las incansables agujas de su reloj de pulsera marcaban las tres en punto de la mañana.

-Ya es hora- se dijo.

Levantó del suelo el portafolio negro que se encontraba a su lado y se preparó. Nunca llegaba tarde.

Sintió cómo un pinchazo. Al principio no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y pensó que todo era producto de los nervios. Pero lentamente comenzó a sentir que sus piernas flaqueaban y que la parte trasera y baja de su espalda comenzaba a humedecerse. Fue ahí que se dio cuenta que una mano se había posado en su pecho sosteniéndolo y lo ayudaba a quedar arrodillado en el suelo. Cuando el cuchillo salió, dejó la herida expuesta y la sangre comenzó a salir a borbotones.

Sentía que le costaba respirar, pero de todas maneras y con mucho esfuerzo sacó un cigarrillo y lo encendió. La tímida luz volvió a iluminarlo levemente. El portafolio ya no estaba, pero eso ya poco le importaba. Ni siquiera tuvo tiempo de expulsar por su propia voluntad el humo de sus pulmones cuando el cigarrillo cayó al suelo y se apagó en el charco de sangre.