martes, 28 de septiembre de 2010

8-Sin Batería

La oscuridad era absoluta.

Sergio Zucarelli respiraba lentamente tratando de mantener la calma. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad del baúl del auto y su cuerpo, adormecido por la incómoda posición, ya no le dolía tanto, pero que el celular se haya apagado verdaderamente lo desesperaba. Era su única esperanza.

Sabía que si dejaba descansar la batería unos minutos podría volver a encenderlo. Pero no debía hacer ninguna llamada ni enviar ningún mensaje de texto porque volvería a apagarse, y ahí sí estaría definitivamente perdido.

Lamentó la muerte de Martín y se preguntó qué hacía Menéndez con su celular, pero no le importaba, sabía que podía confiar en él. Era uno de los pocos periodistas profesionales que quedaban. Sabía que no cometería ninguna estupidez, pero esperaba que esté a la altura de las circunstancias. Trató de controlar la respiración, no era fácil pensar con tan poco oxigeno dentro de aquel lugar. Relajó los músculos y rogó en voz alta.

-¡No me falles, César!

7-Zucarelli

A pesar del fuerte dolor en las costillas Menéndez volvió a gritar con más ímpetu al teléfono.

-¡¿Hola?! ¿Hay alguien ahí?

Tras unos segundos de silencio absoluto, un leve sonido se escuchó del otro lado la línea. Parecía una voz lejana, casi un susurro. Con un gesto le pidió al comisario, al agente y al forense que no hicieran ningún ruido. El periodista cerró los ojos tratando de concentrarse para ver si podía aislar los sonidos de la noche.

-¡¡¿¿Mar…??!! – dijo al fin Menéndez tratando de interpretar lo que escuchaba -¿Qué demonios es “Mar”? ¡¡Hable más fuerte!!

Apenas podía entender la voz del interlocutor. Sólo podía distinguir a un hombre que hablaba en un tono muy bajo y con una especie de eco, como si estuviera dentro de un baño.

-¡¡¡Martín!!! ¿Me escuchás? ¡¡¡Martín!!!- insistió ahora el extraño un poco más fuerte y claro, pero aún murmurando.

Esta vez Menéndez escuchó a la perfección el nombre que repetía una y otra vez el extraño. Su mente viajó rápidamente hasta el cuerpo que aún permanecía arrodillado y sin vida dentro del galpón.

-No… él… él está muerto. Yo soy Cés…

-¿Muerto? ¡No! ¡Maldición!- se lamentó el extraño -¡Todo está perdido!- la noticia parecía haberlo perturbado y ahora ya no susurraba, se lamentaba en un tono normal… un tono que César creyó reconocer.

Con una sonrisa lo interrumpió.

-¿Sergio? ¿Sergio Zucarelli? ¿Sos vos?

Pero la respuesta del otro lado de la línea fue un silencio sepulcral que duró varios segundos, hasta que nuevamente con un susurro contestaron:

-¿César? ¿César Menéndez?

-¡Sí , Sergio¡ Soy César. ¿Qué pasó? ¿Por qué me hablás así? ¿Cómo conocés a éste tipo? No tenés una idea de lo q…

-¡Callate la boca, César! ¡Después te explico! ¡Necesitó tu ayuda de manera urgente! ¡Si me quedo sin batería en el teléfono estoy muerto… así que escuchame bien! ¡No le digas a nadie, pero estoy encerrado en el baúl de un auto desde hace 36 horas y estoy seguro que el dueño es el que mató a Martín! No puedo salir, así que tenés que venir a sacarme antes de que vuelva y me encuentre.

-¿Pero dónde estás?

-¡No tengo idea! Rastreame por el celu…- pero repentinamente la llamada se cortó.

Menéndez se quedó congelado varios segundos con el celular en el oído. Zucarelli se había quedado sin carga en el celular. Miró el suyo y se dio cuenta que éste también se apagaría en cualquier momento.

-¿Sergio Zucarelli? ¿Quién demonios es Sergio Zucarelli?- preguntó con mirada seria el comisario Silva, quien todavía lo alumbraba con su linterna.

El periodista no respondió. Su mirada se desvió hacia el río y se perdió en el horizonte viendo como el sol nacía lentamente. Trataba de ordenar las ideas en su cabeza. La jaqueca parecía haber desaparecido por unos instantes. Necesitaba pensar rápido.

-Nadie… bueno, era Sergio Zucarelli. Un compañero del diario. Cubre la sección política- respondió César mientras se paraba incorporándose al grupo.

-Sí, Zucarelli. Yo lo conozco- comentó el joven oficial mientras esposaba al vagabundo, quien aun continuaba inconciente en el suelo –Es un veterano, sus columnas en la prensa son excelentes. Eso sí, siempre muy crítico con el gobierno de turno.

Silva miró serio a su compañero por un segundo, para luego volver a dirigirse a Menéndez.

-¿Y qué quería? ¿Sabía algo de la víctima?

-Sí… aparentemente lo conocía. Martín creo que dijo. Pero la señal era muy mala y aparentemente se quedó sin batería - respondió mientras se acomodaba el saco negro del viejo traje que siempre lo acompañaba -No pude preguntarle más.

El comisario seguía con el ceño fruncido. Le había molestado que el periodista no le dé a él el teléfono para hablar con Zucarelli desaprovechando la oportunidad de saber más de la víctima.

-Ok. Vos- ordenó mirando al forense que observaba la escena a unos metros -terminá con el cadáver para que cuando la ambulancia llegue se lo puedan llevar. Y vos encerrá en el auto a éste infeliz que unos días en el calabozo le sacarán las ganas de robar cosas a los muertos -dijo ahora dirigiéndose al agente mientras todos se encaminaban al galón.

Pero Menéndez se separó del grupo y mientras se dirigía hacia su auto dijo:

-Disculpá, Ricardo. Disculpá por no poder ayudarte más.

Silva detuvo el paso y miró a su amigo sucio y lastimado por culpa de la pelea.

-Gracias, César. Hiciste todo lo posible. Disculpame por la golpiza.

-No te preocupés. Cualquier cosa me avisás- respondió el periodista con una sonrisa mientras abría la puerta y se subía a su auto.

Menéndez encendió el vehículo y justo en el momento en que se disponía a salir de allí, se asustó al escuchar que alguien le golpeaba el vidrio con fuerza. El comisario lo miraba con una sonrisa a través del cristal.

-¡César! ¿No te estás olvidando de algo?

El periodista sonrió avergonzado mientras bajaba la ventanilla y le pasaba el celular.

-Disculpá. No me di cuenta. Je.

-Si, seguro, César. Si no te conociera… Ahora andate, por favor.

Silva se apartó del coche y contempló como Menéndez cerraba el vidrio y salía a toda velocidad del puerto desapareciendo de su vista.

Se dirigió hacía el galpón junto a sus compañeros mientras estudiaba el teléfono con interés. Sabía que el siguiente paso era llevarlo junto a los técnicos en la comisaría para descubrir el nombre de su dueño. Ya había perdido toda esperanza de que esté conectado con el asesinato del senador, cuando éste comenzó sonar.

-¿Hola?- atendió el comisario con esperanza de ahorrarse trabajo. Una voz joven y eléctrica le respondió.

-Me vas a querer matar. Pero te queda otro trabajito, César. Cuando termines con el tipo del puerto… ¿Podés ir a cubrir un robo en una tienda de ropas? Es a unas cuadras de ahí y todavía no llego nadie de…

-¿César? ¿Quién habla?- lo interrumpió Silva mientras su rostro se enrojecía y se llenaba de furia.

-Eh… disculpe. Me parece que llamé equivocado. Soy Emilio Estigarribia, encargado de la central telefónica del diario La Capital. ¿Éste no es teléfono de César Menéndez?

Pero Silva no respondió. Cortó el teléfono y lo arrojó con rabia al fondo del río.

-¡Qué hijo de mil puta! ¡Me cagó!- gritó tomándose de la cabeza. Sacó su celular y llamó al 911.

-¡Oficina central de la policía! ¿En qué lo puedo ayudar?

-Soy el comisario Ricardo Silva y quiero que ordene ya mismo el arresto del periodista César Menéndez. Dirige un Toyota Corola blanco…

A unos kilómetros del puerto Menéndez manejaba a gran velocidad por las calles de una ciudad que se estaba despertando. Sobre el asiento del acompañante el celular emitía un pequeño sonido avisando que se estaba a punto de quedar sin batería.

jueves, 2 de septiembre de 2010

6-La Decisión

Las cerdas del pequeño cepillo raspaban suavemente los restos de pólvora del interior del cañón de casi 70 centímetros. A pesar de los guantes de látex, sus manos no perdían la destreza y precisión para manipular con extremo cuidado cada parte de la Lapua Magnum calibre 338. Tras dejarlo completamente limpio, colocó la pieza junto con las demás partes del rifle sobre un paño blanco, todo prolijamente ordenado en una pequeña mesa que se hallaba a su lado.

Tomó un sorbo de su mejor whisky, reservado para aquellos trabajos especiales, mientras miraba a través del ventanal como la ciudad se iba encendiendo lentamente con el alba. Se desperezó suavemente sobre su sillón y tras sacarse los guantes y arrojarlos a la basura, abrió su pequeña computadora portátil.

Antes de encenderla, conectó un dispositivo satelital a una de las entradas de la computadora para que sea imposible registrar su ubicación. Tecleó una contraseña y la pantalla mostró directamente la ventana de su correo electrónico. Un mensaje sin leer lo esperaba en su bandeja de entrada.

---¡EXCELENTE TRABAJO! Pago realizado. Todo continúa según el plan. Esperamos una rápida entrega del paquete según lo acordado en tiempo y lugar.---

Digitó rápidamente sobre el teclado y la computadora comenzó a hacer una llamada. Se puso el auricular en el oído y escuchó como una voz le confirmaba que el dinero había sido acreditado en una de sus cuentas en el exterior.

Lleno de satisfacción y con una gran sonrisa volvió beber de su whisky, cuando sus ojos se posaron sobre su incompleta mano derecha que sostenía el vaso. La ausencia del dedo menique le recordó lo vivo que se sentía en aquellos momentos y el placer de un trabajo bien realizado.

Volvió su mirada nuevamente al monitor mientras se pasaba una y otra vez la mano deforme por su prolija y tupida barba. Manía que había adquirido con los años y que crecía en los momentos donde tenía que tomar una decisión. Él no era una persona insegura, pero acciones como las que pensaba tomar necesitaban de una clara convicción.

No estaba seguro de querer asumir tremendo riesgo, no porque su vida fuera la que corriera peligro, eso lo despreocupaba, sino por los graves efectos colaterales que traería acarreada su decisión.

Terminó el vaso y se dirigió al ventanal. Los veintidós pisos del edificio le mostraban un fantástico panorama de la ciudad. La vista de la bahía lo relajaba. Cerró los ojos unos segundos y se concentró en su respiración. Lenta y profunda. Había aprendido a meditar de sus viejos maestros hace muchos años cuando se encontraba en una encrucijada y necesitaba ordenar sus ideas. Siempre funcionaba.

Abrió los ojos en el mismo momento en que el sol hacía su lenta aparición. Se volvió a pasar la mano por la barba y con una sonrisa se dirigió nuevamente hacía su computadora.

Antes de comenzar a escribir, miró de reojo con una sonrisa el portafolio negro que reposaba en el otro extremo del escritorio.

---¡Cambio de planes! Pago insuficiente. El paquete será entregado cuando se acredite el triple de lo acordado o se buscará un nuevo comprador. Tiene seis horas.---