Los pequeños ojos azules de Macelo Di Gregorio parecían dos gotas de agua amplificadas detrás de aquellos gruesos lentes de carey. Hacía varios segundos que el anciano observaba detenidamente a través del humo que inundaba la habitación a un agazapado Mariano Montesino, quien sentado del otro lado de la mesa trataba de mostrarse inmuto ante la amenazadora mirada.
Postrado en la silla de ruedas, Di Gregorio estudiaba su rostro y sus gestos. Si por algo había llegado hasta donde llegó, era por su extraño poder para leer con claridad a las personas. Nadie podía mentirle, y desde hacía mucho tiempo nadie ni siquiera se animaba a hacerlo. Excepto dentro de aquella habitación.
Allí, entre esas cuatro paredes, todo tipo de mentira y engaño era admitido, y nadie desaprovechaba esa ocasión.
Antes aquella actitud prepotente y altanera como la de Montesino era castigada con un disparo en la pierna o se le cortaba algún dedo de la mano, pero a Di Gregorio le gustaba verlos aunque sea por unas horas en su estado puro y sin máscaras, pero siempre manteniendo el respeto hacia su figura. Todos sabían que si alguien se atrevía a faltárselo, tardarían semanas en encontrar “sus partes” esparcidas por toda la ciudad.
Sosteniendo aún la mirada, el viejo dio una larga bocanada a su habano y sin largar el humo tomó un sorbo de whisky, haciendo una pequeña y desagradable gárgara en su boca antes de tragar el alcohol, hábito heredado de su padre.
Las otras tres personas sentadas alrededor de la mesa esperaban ansiosos alguna definición. A la montaña de fichas en el centro de la mesa Montesino había agregado un cheque con un valor sideral para todos los demás presentes… excepto para Di Gregorio, quien tras pensar durante varios minutos sacó la chequera del bolsillo interior de su traje, firmó un cheque, y sin ponerle una suma lo arrojó sobre la montaña de fichas.
-¡Pago!- pronunció con su ajada voz maltratada por los excesos y volvió a su ritual del habano y el whisky esperando tranquilo la definición de la sustanciosa mano de Texas Hold`em.
Fue ahí cuando Montesino no pudo contener la sonrisa en su rostro. Se paró y arrojó con fuerza las dos cartas sobre la mesa mostrando un Az de pica y una K de trébol, para luego estirar los brazos y tomar las fichas y los cheques.
En el Flop habían salido una Az de diamante, una K de pica y un 2 de corazón. En el Turn salió un 2 de pica y en el River una K de corazón.
Hasta el guardia de seguridad que cuidaba la entrada contuvo el aliento al ver el juego de Montesino, quien no ocultaba su felicidad mientras acomodaba la torre de fichas.
Nadie decía una palabra, sólo se escuchaba el sonido de las fichas al ser colocadas unas sobre otras sobre la mesa. Hasta que la voz rasposa de Di Gregorio rompió el silencio
-¡Bien jugado, Mariano!- dijo el anciano acomodándose los lentes y arrojando sobre la mesa sus cartas destapadas.
Por un segundo los ojos de Montesino se dilataron y sintió que su corazón se detuvo por un instante al ver que el Az de corazón y el Az de pica formaban un Full House más alto que el suyo.
Los demás jugadores no pudieron evitar largar un pequeño grito de asombro cuando se escuchó que alguien golpeaba la puerta sorprendiendo a todos, menos a Montesino quien aún seguía incrédulo abrazando las fichas de “el jefe”.
El guardia de seguridad fue rápido hasta la puerta y tras comprobar por la mirilla, la abrió dejando pasar a una hermosa mujer quien se dirigió directamente hasta Di Gregorio para hablarle al oído en privado. El vaivén de las caderas y de su pelo rubio había hipnotizado a los demás, quienes ahora se deleitaban con el impecable y ajustado traje que revelaba el esplendido contorno de su figura.
Tras conversar unos segundos con el anciano, se dirigió hacia una de las paredes y oprimió un interruptor que hizo aparecer desde el techo un enorme plasma. La pantalla se encendió mostrando a una periodista que luchaba entre un tumulto de personas para dar la noticia, mientras gritaba al micrófono para dejarse escuchar.
-… aparentemente el atentado habría sido dirigido sólo hacia el Senador. La policía aún no tiene pistas acerca de quién fue el autor del hecho, pero lo que sí se sabe es que el Senador y candidato a Presidente de la Nación, Marcelo Hernán Pricciota, murió instantáneamente de un disparo en la cabeza en pleno discurso…-
Mientras escuchaban atentos como la periodista relataba los hechos ocurridos minutos antes, empezaron a sonar los teléfonos celulares y todos comenzaron a hablar consternados tratando de averiguar más detalles. Hasta Montesino parecía haber olvidado la increíble mano de poker perdida.
Por su parte, Di Gregorio no quitaba los ojos de la pantalla, que ahora mostraba en cámara lenta el momento preciso en el que Pricciota recibía el impacto en la cabeza y caía muerto al suelo.
-¡Fuera!- pronunció casi en voz baja, pero captando la atención de todos, quienes acataron rápidamente la orden y abandonaron la habitación.
Ya solos el viejo volvió a mirar a la mujer que esperaba seria parada junto a la pantalla. Arrojando el habano dentro del vaso de whisky dijo:
-¡Ha empezado!
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