viernes, 27 de agosto de 2010

5-El Puerto

El fuerte sonido del celular despertó a César Menéndez de su letargo. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad de la noche y una sensación de fastidio le recorrió el cuerpo al confirmar que aún seguía en el asiento trasero de su auto y no en su cómoda y apacible cama. Habían pasado varios días desde la última vez que durmió en una. Y sus “siestas”, que no duraban más de una hora hasta que alguien lo molestaba, ya no alcanzaban para mantenerlo verdaderamente despierto. Miró su reloj y comprobó que esta última sesión no había durado ni veinte minutos.

El teléfono seguía sonando martillándole la cabeza.

-Hola- respondió al fin Menéndez con un tono de fastidio.

-¡César!- gritó Emilio Estigarribia del otro lado de la línea -Al fin. Andá ahora mismo a la zona antigua del puerto. Un contacto dentro de la policía nos avisó que encontraron un cadáver. Así que andá para allá antes que lo levanten.

La voz chillona del nuevo encargado de la centralita telefónica del diario donde trabajaban le retumbaba la cabeza. El joven todavía no había aprendido a tener un poco de consideración a los periodistas de la sección policiales a quienes les tocaban cubrir el turno nocturno. Pero lo que más molestaba a Menéndez era como el joven daba órdenes a tipos con veinte años de carrera como si él fuera el jefe

-¿Estigarribia?- respondió en tono serio- Primero que nada bajá el tonito que tuvimos una noche terrible y si me seguís gritando va a ser tú cadáver el que tenga que levantar la policía. Segundo… ¿Para qué me molestás, si no es noticia que haya un cadáver en ese lugar?

-Disculpá, César- respondió el joven un poco avergonzado- Es que el Oficial Silva me dijo que te llame a vos porq…

-¿Silva dijiste?- ese apellido parecía haber despertado el interés de Menéndez.

-Sí, César. ¡Silva! Me dijo que vayas rápido para allá y que él mismo te va a…

-Ok. Voy para allá- lo interrumpió el periodista y cortó el teléfono.

Unos segundos después el viejo Toyota Corola de Menéndez atravesaba la ciudad a gran velocidad. Que sea el propio Ricardo Silva el que haya llamado era un signo claro de que algo importante había pasado y más aún el pedido expreso de que sea él mismo el que vaya hasta el lugar. Para el periodista resultaba increíble que a pesar de los años trabajando juntos e intercambiando información, el Comisario Principal de la Comisaría a cargo de la zona portuaria no tenga agendado su número de celular. Siempre se comunicaba a través del diario, como evitando todo vinculo directo con la prensa, y en especial con él.

La noche no era la misma que en otras oportunidades. Las calles estaban atestadas de patrulleros que circulaban lentamente con las sirenas encendidas. El asesinato de hacía unas horas del senador Pricciota había conmocionado al país y la policía parecía usar todos sus recursos buscando algún dato. El crimen en sí no era nada anormal, no era la primera vez que asesinaban a un personaje importante de la política, lo desconcertante era la espectacularidad del asesinato. En pleno discurso y frente a los ojos de todo el país que lo miraban a través de las cámaras no era algo que se veía todos los días. La gente estaba completamente consternada. Pricciota supo ganarse rápidamente el cariño popular de una manera asombrosa, aunque Menéndez no lo consideraba un hombre fuera de lo común. A él le parecía otro nuevo político, con bastante apoyo de la prensa y con promesas que ya resultaban irrisorias de tanto escucharlas en otros tiempos.

Cuando comenzó a aparecer en los medios, Menéndez se tomó la molestia de investigarlo, pero al cabo de unas semanas sólo había encontrado algunas infidelidades y un par de “vistas gordas” en algunas votaciones dentro del senado. Demasiado insignificante como para prestarle atención. Por eso lo aburría el periodismo político. Sino era algo verdaderamente grande, prefería perseguir asesinos y traficantes desde su máquina de escribir.

Miró su reloj y le costó leer las agujas que marcaban las cuatro y media de la mañana. Por momentos el cansancio ganaba terreno y la vista le fallaba. A pesar de sus 42 años y un pésimo historial familiar, él se negaba a usar anteojos. Esos momentos se los atribuía a la falta sueño y a las largas horas frente a la computadora. Nada que unas buenas y postergadas vacaciones no resolverían. Pero ya llegaría el momento para relajarse, ahora debía mantenerse atento y lo más despierto posible.

Al cabo de unos minutos la luz de la ciudad fue quedando atrás y la oscuridad del viejo puerto se abría camino. Tras pasar frente al nuevo edificio de administración portuaria, se adentro en la zona de los antiguos galpones, desgastados por años de ausencia de mantenimiento. Solo los faros de su auto iluminaban el trayecto. A pesar de que últimamente no frecuentaba mucho la zona, Menéndez conocía el camino a la perfección. En sus inicios dentro del periódico esa era casi su segunda oficina. Eran cientos los ilícitos que se cometían en aquel lugar, y los novatos pagaban derecho de piso cubriendo cada uno de los crímenes que se perpetraban en una de los sitios más peligrosos de la ciudad.

A lo lejos las luces rojas y azules del patrullero del comisario le indicaron el lugar exacto.

Menéndez estacionó el vehículo frente al galpón más deteriorado del puerto y que se hallaba a unos metros del río. El lugar estaba repleto de basura y las ratas huyeron al escuchar el fuerte golpe que hizo la puerta del auto al cerrarse. El periodista prendió un cigarrillo tratando de tapar aunque sea un poco el nauseabundo olor a pescado podrido que parecía saturarlo todo. Se alegró un poco al ver a lo lejos el resplandor de la linterna de Silva dentro del galpón, acompañado por otro oficial de policía, un forense y lo que parecía ser un mendigo.

-¡Comisario, lindo lugar para armar un fiesta!

-¡Maldición César!- respondió con una sonrisa Ricardo Silva -¿Por qué demonios tardaste tanto? ¿Otra vez descansando en horas de oficina?

-Si llamas descansar a tratar de cerrar los ojos por veinte minutos dentro del auto con la misma ropa de hace tres días… se podría decir que me sacaste del paraíso.

Los dos se saludaron con un fuerte apretón de manos. A pesar de la penumbra, Menéndez pudo distinguir el cansado rostro de Silva. El siempre prolijo comisario parecía que llevaba más tiempo que él sin dormir. Esa noche aparentaba ser un hombre mucho más viejo que los 55 años que declaraba su documento. Estaba completamente desaliñado, despeinado y con la barba crecida. Sin dudas las últimas cinco horas habían sido bastante agitadas.

-¿Contame Ricardo, cómo demonios hicieron para sacarte de tu cómoda oficina nueva?- preguntó al fin el periodista. Luego volvió la mirada hacia el cuerpo inerte que se encontraba arrodillado en el piso con el torso tirado hacia atrás. -¿Y qué demonios hacemos acá?

El comisario se puso serio, y alumbrando a Menéndez al rostro comenzó a explicarle.

-No me jodas, César. Con lo de Pricciota toda la ciudad es un caos. Los teléfonos están saturados. Hay llamadas cada dos minutos de anónimos que dicen saber quién mato al senador. Pero ninguna pista real. Hace dos horas hubo una reunión con todos los comisarios de la ciudad para escuchar por un altavoz al Presidente pidiendo que encontremos al que está detrás de esto antes del amanecer. Y lo peor es que sabe que no tenemos recursos para hacerlo. De todas maneras todos estamos en la calle dando vueltas esperando que surja algo. Hasta que hace cuarenta minutos recibimos la información de que un sereno había encontrado un cadáver en esta pocilga- dijo señalando al hombre sucio, zaparrastroso y de avanzada edad que los acompañaba -Y al escuchar la descripción que hizo de la víctima imaginé que nos podía dar algún dato.

-¿Este tipo?- preguntó extrañado Menéndez, mientras miraba asqueado el charco de sangre que rodeaba el cuerpo.

-Sí, César, este tipo. Me hacés el favor de mirarlo bien y te vas a dar cuenta por qué vine personalmente.

El periodista miró el rostro serio del comisario y sabía que hablaba en serio. Le dio una última bocanada al cigarrillo antes de arrojarlo y se acercó al cadáver lentamente, mientras Silva le ordenaba al forense y al otro oficial que le dieran espacio para trabajar.

Le tomó solo unos segundos entender por qué al comisario le interesaba tanto esta víctima en particular.

-¿Quién es el muñequito de torta?- preguntó más serio e interesado en el caso.

-¡Ah! Te diste cuenta- respondió Silva con una sonrisa.

Menéndez había presenciado cientos de cadáveres en esta zona del puerto y no recordaba a ninguno que vistiera traje. Y menos uno de tanta calidad como el que llevaba puesto. El desconocido no cuadraba de ninguna manera en aquel lugar.

-No lo sabemos. Pensé que era una persona conocida y que vos lo ibas a reconocer, por eso te llame. No tenía ni documentos ni billetera.

-¿Ni reloj?- preguntó el periodista señalando las muñecas desnudas que posaban tiesas sobre el charco de sangre seca -Un tipo que se puede comprar ese traje es raro no lleve reloj. ¿Y su celular?

-Supuestamente no se le encontró ningu…- pero algo interrumpió al comisario. Un leve y lejano sonido se escuchaba casi imperceptiblemente a lo lejos. Parecía una música que sonó unos segundos y luego desapareció. Silva miró instantáneamente a los ojos de su amigo quien también pareció escucharlo. Los dos giraron y se encontraron con el otro oficial y el forense que los miraban atónitos. Ambos hablaron casi al unísono.

-¡El mío no fue!

Silva y Menéndez volvieron a cruzar la mirada y esta vez fueron ellos quienes exclamaron al mismo tiempo.

-¿¡El sereno!?

En ese momento se escuchó el fuerte golpe de la puerta del galpón al cerrarse. El comisario desenfundó su arma, y alumbrándose con la linterna fue corriendo hasta la puerta acompañado por Menéndez y el otro policía.

-¡Está cerrada, maldición!- vociferó Silva mientras con un gesto les pidió a los demás que se alejen y con su pistola apuntó a la cerradura.

El disparo no solo retumbó dentro del enorme depósito, sino que también en la cabeza del periodista recrudeciendo su jaqueca.

Tras darle una fuerte patada, el acceso quedó liberado y todos salieron al estacionamiento. La noche estaba en su punto más oscuro y solo las luces de las linternas iluminaban parcialmente el lugar.

Apuntaban en todas direcciones tratando de encontrarlo cuando a lo lejos, desde la zona de containers, se escuchó el ladrido de un perro. Menéndez solo pudo ver como el comisario, quien parecía rejuvenecido con la persecución, y el oficial se alejaban a gran velocidad en esa dirección, pero él se mantuvo quieto junto a la puerta. Algo no le cerraba. Siguiendo su instinto caminó lentamente en la oscuridad en dirección contraria. Solo la luna y las estrellas lo alumbraban. Se detuvo junto a su auto y trató de agudizar el oído. El sereno no podía haber llegado tan rápido hasta el otro lado del galpón. Trataba de ver en la oscuridad, pero entre la jaqueca y el cansancio a duras penas distinguía las figuras. Necesitaba algo con que alumbrarse o terminaría cayendo al río, cuando se acordó de que en el baúl de su auto guardaba una vieja linterna. Se dirigió a tientas rápidamente hacia la parte trasera del vehículo, abrió el baúl y tanteando con las manos la encontró escondida bajo unos viejos diarios. Trató de prenderla, pero tras apretar el interruptor varias veces, la ansiedad ganó terreno y comenzó a golpearla con fuerza con la mano para que encienda, cuando justo detrás suyo pareció llegar con claridad una melodía que ya había escuchado hacía solo unos minutos. Giró ciento ochenta grados en el mismo momento que la linterna se encendía e iluminaba al viejo sereno quien empuñaba una especie de caño en lo alto preparado para golpearlo. El periodista se abalanzó sobre su atacante cayendo los dos al suelo. Forcejearon unos segundos cuando sintió un fuerte golpe en las costillas que le cortó el oxígeno. Menéndez se retorcía en el suelo indefenso y tosiendo sangre ante los pies del viejo quien volvió a empuñar el caño para golpearlo. Vio que levantaba el arma sobre su cabeza y cuando estaba a punto de golpearlo, cayó desplomado junto a su lado. Una luz lo iluminaba ahora desde arriba encandilándolo, era su amigo Ricardo Silva quien lo apuntaba con la linterna que había usado para noquear al sereno. Adolorido, pero recuperando de a poco el aire y las fuerzas, Menéndez inspeccionó rápidamente los bolsillos del viejo buscando la fuente de donde provenía la música que no paraba de sonar.

-¡Aquí está!- exclamó al encontrar el celular. Silva, el oficial y el forense, quien se había acercado al grupo, miraban inquietos al periodista.

-¡Atiende, demonios!- gritó ansioso el comisario -¡Atiende de una vez!

Tratando de olvidar la jaqueca y el fuerte dolor en las costillas, Menéndez se limpió la sangre de la boca, tomó aire y acercó al fin el aparato al oído.

-¡¿Hola?!- dijo sin saber qué sorpresa le esperaba del otro lado de la línea.

viernes, 20 de agosto de 2010

4-Mentiras y Engaños

Los pequeños ojos azules de Macelo Di Gregorio parecían dos gotas de agua amplificadas detrás de aquellos gruesos lentes de carey. Hacía varios segundos que el anciano observaba detenidamente a través del humo que inundaba la habitación a un agazapado Mariano Montesino, quien sentado del otro lado de la mesa trataba de mostrarse inmuto ante la amenazadora mirada.

Postrado en la silla de ruedas, Di Gregorio estudiaba su rostro y sus gestos. Si por algo había llegado hasta donde llegó, era por su extraño poder para leer con claridad a las personas. Nadie podía mentirle, y desde hacía mucho tiempo nadie ni siquiera se animaba a hacerlo. Excepto dentro de aquella habitación.

Allí, entre esas cuatro paredes, todo tipo de mentira y engaño era admitido, y nadie desaprovechaba esa ocasión.

Antes aquella actitud prepotente y altanera como la de Montesino era castigada con un disparo en la pierna o se le cortaba algún dedo de la mano, pero a Di Gregorio le gustaba verlos aunque sea por unas horas en su estado puro y sin máscaras, pero siempre manteniendo el respeto hacia su figura. Todos sabían que si alguien se atrevía a faltárselo, tardarían semanas en encontrar “sus partes” esparcidas por toda la ciudad.

Sosteniendo aún la mirada, el viejo dio una larga bocanada a su habano y sin largar el humo tomó un sorbo de whisky, haciendo una pequeña y desagradable gárgara en su boca antes de tragar el alcohol, hábito heredado de su padre.

Las otras tres personas sentadas alrededor de la mesa esperaban ansiosos alguna definición. A la montaña de fichas en el centro de la mesa Montesino había agregado un cheque con un valor sideral para todos los demás presentes… excepto para Di Gregorio, quien tras pensar durante varios minutos sacó la chequera del bolsillo interior de su traje, firmó un cheque, y sin ponerle una suma lo arrojó sobre la montaña de fichas.

-¡Pago!- pronunció con su ajada voz maltratada por los excesos y volvió a su ritual del habano y el whisky esperando tranquilo la definición de la sustanciosa mano de Texas Hold`em.

Fue ahí cuando Montesino no pudo contener la sonrisa en su rostro. Se paró y arrojó con fuerza las dos cartas sobre la mesa mostrando un Az de pica y una K de trébol, para luego estirar los brazos y tomar las fichas y los cheques.

En el Flop habían salido una Az de diamante, una K de pica y un 2 de corazón. En el Turn salió un 2 de pica y en el River una K de corazón.

Hasta el guardia de seguridad que cuidaba la entrada contuvo el aliento al ver el juego de Montesino, quien no ocultaba su felicidad mientras acomodaba la torre de fichas.

Nadie decía una palabra, sólo se escuchaba el sonido de las fichas al ser colocadas unas sobre otras sobre la mesa. Hasta que la voz rasposa de Di Gregorio rompió el silencio

-¡Bien jugado, Mariano!- dijo el anciano acomodándose los lentes y arrojando sobre la mesa sus cartas destapadas.

Por un segundo los ojos de Montesino se dilataron y sintió que su corazón se detuvo por un instante al ver que el Az de corazón y el Az de pica formaban un Full House más alto que el suyo.

Los demás jugadores no pudieron evitar largar un pequeño grito de asombro cuando se escuchó que alguien golpeaba la puerta sorprendiendo a todos, menos a Montesino quien aún seguía incrédulo abrazando las fichas de “el jefe”.

El guardia de seguridad fue rápido hasta la puerta y tras comprobar por la mirilla, la abrió dejando pasar a una hermosa mujer quien se dirigió directamente hasta Di Gregorio para hablarle al oído en privado. El vaivén de las caderas y de su pelo rubio había hipnotizado a los demás, quienes ahora se deleitaban con el impecable y ajustado traje que revelaba el esplendido contorno de su figura.

Tras conversar unos segundos con el anciano, se dirigió hacia una de las paredes y oprimió un interruptor que hizo aparecer desde el techo un enorme plasma. La pantalla se encendió mostrando a una periodista que luchaba entre un tumulto de personas para dar la noticia, mientras gritaba al micrófono para dejarse escuchar.

-… aparentemente el atentado habría sido dirigido sólo hacia el Senador. La policía aún no tiene pistas acerca de quién fue el autor del hecho, pero lo que sí se sabe es que el Senador y candidato a Presidente de la Nación, Marcelo Hernán Pricciota, murió instantáneamente de un disparo en la cabeza en pleno discurso…-

Mientras escuchaban atentos como la periodista relataba los hechos ocurridos minutos antes, empezaron a sonar los teléfonos celulares y todos comenzaron a hablar consternados tratando de averiguar más detalles. Hasta Montesino parecía haber olvidado la increíble mano de poker perdida.

Por su parte, Di Gregorio no quitaba los ojos de la pantalla, que ahora mostraba en cámara lenta el momento preciso en el que Pricciota recibía el impacto en la cabeza y caía muerto al suelo.

-¡Fuera!- pronunció casi en voz baja, pero captando la atención de todos, quienes acataron rápidamente la orden y abandonaron la habitación.

Ya solos el viejo volvió a mirar a la mujer que esperaba seria parada junto a la pantalla. Arrojando el habano dentro del vaso de whisky dijo:

-¡Ha empezado!

viernes, 13 de agosto de 2010

3-Fuera del área de cobertura

-¡El teléfono con el que intenta comunicarse está apagado o se encuentra fuera del área de cobertura!

-¡Maldición!- pensó Matías Garosso cortando la llamada. Estaba harto de escuchar esa voz a través del microscópico audífono inalámbrico colocado en su oído. Había estado marcando ese número todo el día y ahora, obligado a disimular, lo hacía con la mano en el bolsillo. Ya le dolía el dedo por presionar el botón de rediscado de su celular. Sin dudas el día había arrancado pésimo, y parecía que no iba a mejorar.

Tomó aire y tratando de disimular su fastidio, se concentró en el hombre que estaba parado de espaldas a sólo dos metros de distancia... Su “cliente”. Mientras lo estudiaba detenidamente, con un movimiento casi imperceptible presionó con el brazo la Beretta 92 plateada que colgaba escondida y lista bajo el traje de su saco, y sonrió al pensar que él también ya estaba listo.

Dirigió ahora su mirada a la gente a su alrededor y sabía que nadie lo veía, nadie notaba su presencia. Estaba completamente a la vista, pero parecía invisible para el resto del mundo. Aunque ésta no era la parte del trabajo que le correspondía, estaba altamente capacitado para cumplirla. Siempre se mantenía a una buena distancia, pero ahora le tocaba estar a él estar en la primera línea. Volvió a presionar el botón de rediscado.

-¡El teléfono con el que intenta comunic…- Aunque la voz continuó hablando, Matías no llegó a escuchar el final del mensaje. En sólo un segundo el sonido había desaparecido y el tiempo parecía ahora en cámara lenta.

Algo estaba sucediendo, pero aún no comprendía qué. Sintió como si salpicaran su rostro y su ropa. Algo muy cercano había estallado, pero Matías sólo pudo ver como el hombre que hasta hace unos segundos estaba parado frente suyo, ahora retrocedía lentamente cayendo al suelo junto a él. Le costó un momento a su cerebro interpretar que era sangre lo que lo había salpicado hace un instante y que era su “cliente” quien yacía muerto a su lado y sin la mitad de su cabeza.

De pronto, el tiempo pareció volver a la normalidad… pero ahora el sonido parecía amplificado. El grito histérico y lleno de pavor de las veinte mil personas lo sacaron de su estado de shock. Desde arriba del escenario, el agente de seguridad privado, Matías Garosso, se agachó para comprobar que su cliente el senador y candidato a presidente de la Nación Marcelo Hernán Pricciota ya no tenía signos vitales. Desde el suelo, trató de buscar a través de los cientos de flashes que lo fotografiaban a la familia del senador que era empujada y golpeada por la marea de gente que trataba de huir.

Garosso soltó el cuerpo de Pricciota y a través del pequeño micrófono de su solapa se comunicó a los gritos con el chofer de la limusina que lo esperaba en la parte de atrás. Saltó del escenario y desenfundando su arma trató de liberar del tumulto a Maribel, Vanessa y Rubén que se abrazaban agazapados y estupefactos por lo sucedido. Tomó a Maribel del brazo quien reconoció al instante a Matías y con un gritó les pidió que lo siguieran en dirección contraria a la desesperada marea de gente.

Los llevó hasta una puerta escondida bajo el escenario y corrieron a través de un improvisado laberinto hasta salir por una puerta trasera juntó a la limosina que los esperaba con el motor encendido.

Una vez dentro, las ruedas rechinaron y el vehículo desapareció rápidamente por entre las calles de la ciudad.

Desde la parte delantera del vehículo Garosso giró sobre el asiento y miró a la familia que lloraba desconsolada.

-¿Están todos bien?- preguntó.

Los tres lo miraron horrorizados y ninguno dijo una palabra mientras lo miraban estupefactos. Recién ahí se acordó de que aun no había podido ni siquiera limpiarse el rostro bañado con la sangre de Pricciota. Matías sonrió como pudo y se volvió a acomodar en su asiento mientras subía el vidrio polarizado que los separaba de la familia tratando de dejarlos tranquilos por lo menos por un momento.

Comenzó a limpiarse la cara con la corbata mientras sacaba su celular para volver a presionar el botón de rediscado.

-¡El teléfono con el que intenta…- Antes que termine el mensaje Matías cortó y volvió marcar desesperado y gritándole al teléfono.

-¡¡¡Dónde demonios estás maldito!!!

viernes, 6 de agosto de 2010

2-La Ansiada Victoria

Con un leve movimiento de sus dedos ajustó sutilmente la visión de la mira telescópica de la Lapua Magnum calibre 338. Chequeó en el dispositivo BORS la temperatura, la presión atmosférica y que todos los condicionantes ambientales estén correctos. A pesar de la baja temperatura, la noche era perfecta. Sonrió al confirmar que la distancia entre él y su objetivo era exactamente la que había calculado. Ya casi no necesitaba de todos estos elementos. Sus casi 20 años de experiencia lo habían convertido en uno de los mejores profesionales del mundo.

Sacó de su estuche un cartucho y lo colocó en la recámara del rifle de largo alcance. Uno sólo alcanzaba para cumplir su misión. Los 1.755 metros que lo separaban de su objetivo no serían ningún problema. Ya había realizado ejecuciones desde distancias aún mayores a esa. Aunque él preferiría hacerlo de una manera mucho más profesional y sutil, inexorablemente debía aceptar las claras reglas de su cliente.

El correo electrónico expresaba de forma clara que el Senador y candidato a Presidente de la Nación Marcelo Hernán Pricciota, de 51 años, casado con Maribel Acuña de Pricciota, de 45 años, y padre de Vanessa Pricciota y Rubén Pricciota, de 22 y 16 años respectivamente, debía morir de manera “llamativa” a las 21:00 horas del martes 16 de julio de 2010 en medio del discurso por su victoria en las internas partidarias ante una inmensa multitud. El francotirador pensó en algo lo suficientemente “llamativo” para dejar contento al cliente.

Aunque faltaban quince minutos, él ya estaba listo.

A más de un kilómetro y medio la cara de Pricciota se veía nítida a través de la mira. Inquieto, el Senador se arreglaba una y otra vez la corbata de su saco. Sentado sobre el escenario junto a sus colegas y compañeros, esperaba su momento al micrófono. No estaba nervioso, estaba ansioso. Su aplastante victoria en las internas ya estaba confirmada y ahora nadie podría detenerlo en su camino directo a la presidencia. Hacia 25 años que se había metido en la política y jamás imaginó que tendría la oportunidad de liderar un país. Tres meses atrás era casi un desconocido hasta para el mundo de la política.

Había llegado al Senado hacía dos años invirtiendo todo su dinero e influencias, llenándose de deudas más peligrosas que las del dinero. Debía favores a personas extremadamente peligrosas, pero él sabía que sin esa ayuda jamás hubiese llegado hasta ahí. A pesar de todos sus esfuerzos nunca logró ser una persona pública. No porque él no quisiera, sino porque jamás se le había presentado una oportunidad como ésta.

Cuando ese 15 de mayo recibió aquella llamada a su celular a las 4 de la madrugada, supo en ese instante que su vida jamás volvería a ser la misma. Desde la mañana siguiente, y como por arte de magia, su rostro pasó a ser uno de los más fotografiados por la prensa. Todos los programas de televisión hablaban de él en todo momento. A pesar de no ser un hombre muy apuesto, se convirtió rápidamente en uno de los hombres más deseados del país. Con la promesa del “cambio” encendió en la comunidad una luz de esperanza como hacía décadas no aparecía en aquel país.

Se reía al pensar en lo determinante que podía llegar a hacer una buena campaña periodística, y por suerte él tenía a todos los medios de su lado. Desde aquella madrugada de mayo, para la prensa, él era “el elegido”. Y si la prensa lo creía, la gente inexorablemente también.

A Pricciota poco le importaban los motivos por los cuales aquel hombre lo había elegido, más adelante vería como pagar ese “favor”, hoy trataba de disfrutar su momento al máximo. Desde arriba de la tarima, le guiñó sutilmente el ojo a su hijo menor que se encontraba junto con toda la familia en primera fila, para luego pasear la miraba por la plaza que se iba llenando cada vez más. Su ego crecía en proporción a la marea de gente que se agolpaba para estar lo más cerca posible.

Cuando llegó su momento al micrófono, Pricciota se tomó su tiempo. Se levantó lentamente de su silla mientras todas las cámaras acompañaban cada uno de sus movimientos. Disfrutaba cada segundo a pleno. Se acercó a la tarima, tomó el micrófono, dibujó su mejor sonrisa y dijo:

-¡Gracias! ¡Gracias a todos! Sin ustedes jamás hub…- pero Pricciota jamás pudo terminar la frase. Las cámaras captaron la imagen en vivo de cómo el rostro del senador parecía explotar en pedazos salpicando de sangre a todos sus colegas y compañeros sentados a su lado, para luego caer inerte y sin vida en el suelo de la tarima.

miércoles, 21 de julio de 2010

1-La Luz

La luz del cigarrillo dibujó por unos segundos en la oscuridad la silueta de un rostro serio y tenso. Con la bocanada dentro de los pulmones, las brasas bajaron su intensidad trayendo nuevamente consigo la penumbra. Con sus largos dedos tanteó bajo su saco en la zona del estómago buscando confirmar que la 9 milímetros aun se encontraba en el mismo lugar en que la había guardado hacía sólo unos instantes. Con el cigarrillo aún en los labios, volvió a aspirar para luego arrojarlo al suelo y aplastarlo fuertemente con su zapato delicadamente lustrado. Se acomodó por enésima vez la corbata y sacó nervioso la pistola para martillarla, dejando la bala en la recámara. La guardó esta vez en la espalda y miró como las incansables agujas de su reloj de pulsera marcaban las tres en punto de la mañana.

-Ya es hora- se dijo.

Levantó del suelo el portafolio negro que se encontraba a su lado y se preparó. Nunca llegaba tarde.

Sintió cómo un pinchazo. Al principio no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y pensó que todo era producto de los nervios. Pero lentamente comenzó a sentir que sus piernas flaqueaban y que la parte trasera y baja de su espalda comenzaba a humedecerse. Fue ahí que se dio cuenta que una mano se había posado en su pecho sosteniéndolo y lo ayudaba a quedar arrodillado en el suelo. Cuando el cuchillo salió, dejó la herida expuesta y la sangre comenzó a salir a borbotones.

Sentía que le costaba respirar, pero de todas maneras y con mucho esfuerzo sacó un cigarrillo y lo encendió. La tímida luz volvió a iluminarlo levemente. El portafolio ya no estaba, pero eso ya poco le importaba. Ni siquiera tuvo tiempo de expulsar por su propia voluntad el humo de sus pulmones cuando el cigarrillo cayó al suelo y se apagó en el charco de sangre.