El fuerte sonido del celular despertó a César Menéndez de su letargo. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad de la noche y una sensación de fastidio le recorrió el cuerpo al confirmar que aún seguía en el asiento trasero de su auto y no en su cómoda y apacible cama. Habían pasado varios días desde la última vez que durmió en una. Y sus “siestas”, que no duraban más de una hora hasta que alguien lo molestaba, ya no alcanzaban para mantenerlo verdaderamente despierto. Miró su reloj y comprobó que esta última sesión no había durado ni veinte minutos.
El teléfono seguía sonando martillándole la cabeza.
-Hola- respondió al fin Menéndez con un tono de fastidio.
-¡César!- gritó Emilio Estigarribia del otro lado de la línea -Al fin. Andá ahora mismo a la zona antigua del puerto. Un contacto dentro de la policía nos avisó que encontraron un cadáver. Así que andá para allá antes que lo levanten.
La voz chillona del nuevo encargado de la centralita telefónica del diario donde trabajaban le retumbaba la cabeza. El joven todavía no había aprendido a tener un poco de consideración a los periodistas de la sección policiales a quienes les tocaban cubrir el turno nocturno. Pero lo que más molestaba a Menéndez era como el joven daba órdenes a tipos con veinte años de carrera como si él fuera el jefe
-¿Estigarribia?- respondió en tono serio- Primero que nada bajá el tonito que tuvimos una noche terrible y si me seguís gritando va a ser tú cadáver el que tenga que levantar la policía. Segundo… ¿Para qué me molestás, si no es noticia que haya un cadáver en ese lugar?
-Disculpá, César- respondió el joven un poco avergonzado- Es que el Oficial Silva me dijo que te llame a vos porq…
-¿Silva dijiste?- ese apellido parecía haber despertado el interés de Menéndez.
-Sí, César. ¡Silva! Me dijo que vayas rápido para allá y que él mismo te va a…
-Ok. Voy para allá- lo interrumpió el periodista y cortó el teléfono.
Unos segundos después el viejo Toyota Corola de Menéndez atravesaba la ciudad a gran velocidad. Que sea el propio Ricardo Silva el que haya llamado era un signo claro de que algo importante había pasado y más aún el pedido expreso de que sea él mismo el que vaya hasta el lugar. Para el periodista resultaba increíble que a pesar de los años trabajando juntos e intercambiando información, el Comisario Principal de la Comisaría a cargo de la zona portuaria no tenga agendado su número de celular. Siempre se comunicaba a través del diario, como evitando todo vinculo directo con la prensa, y en especial con él.
La noche no era la misma que en otras oportunidades. Las calles estaban atestadas de patrulleros que circulaban lentamente con las sirenas encendidas. El asesinato de hacía unas horas del senador Pricciota había conmocionado al país y la policía parecía usar todos sus recursos buscando algún dato. El crimen en sí no era nada anormal, no era la primera vez que asesinaban a un personaje importante de la política, lo desconcertante era la espectacularidad del asesinato. En pleno discurso y frente a los ojos de todo el país que lo miraban a través de las cámaras no era algo que se veía todos los días. La gente estaba completamente consternada. Pricciota supo ganarse rápidamente el cariño popular de una manera asombrosa, aunque Menéndez no lo consideraba un hombre fuera de lo común. A él le parecía otro nuevo político, con bastante apoyo de la prensa y con promesas que ya resultaban irrisorias de tanto escucharlas en otros tiempos.
Cuando comenzó a aparecer en los medios, Menéndez se tomó la molestia de investigarlo, pero al cabo de unas semanas sólo había encontrado algunas infidelidades y un par de “vistas gordas” en algunas votaciones dentro del senado. Demasiado insignificante como para prestarle atención. Por eso lo aburría el periodismo político. Sino era algo verdaderamente grande, prefería perseguir asesinos y traficantes desde su máquina de escribir.
Miró su reloj y le costó leer las agujas que marcaban las cuatro y media de la mañana. Por momentos el cansancio ganaba terreno y la vista le fallaba. A pesar de sus 42 años y un pésimo historial familiar, él se negaba a usar anteojos. Esos momentos se los atribuía a la falta sueño y a las largas horas frente a la computadora. Nada que unas buenas y postergadas vacaciones no resolverían. Pero ya llegaría el momento para relajarse, ahora debía mantenerse atento y lo más despierto posible.
Al cabo de unos minutos la luz de la ciudad fue quedando atrás y la oscuridad del viejo puerto se abría camino. Tras pasar frente al nuevo edificio de administración portuaria, se adentro en la zona de los antiguos galpones, desgastados por años de ausencia de mantenimiento. Solo los faros de su auto iluminaban el trayecto. A pesar de que últimamente no frecuentaba mucho la zona, Menéndez conocía el camino a la perfección. En sus inicios dentro del periódico esa era casi su segunda oficina. Eran cientos los ilícitos que se cometían en aquel lugar, y los novatos pagaban derecho de piso cubriendo cada uno de los crímenes que se perpetraban en una de los sitios más peligrosos de la ciudad.
A lo lejos las luces rojas y azules del patrullero del comisario le indicaron el lugar exacto.
Menéndez estacionó el vehículo frente al galpón más deteriorado del puerto y que se hallaba a unos metros del río. El lugar estaba repleto de basura y las ratas huyeron al escuchar el fuerte golpe que hizo la puerta del auto al cerrarse. El periodista prendió un cigarrillo tratando de tapar aunque sea un poco el nauseabundo olor a pescado podrido que parecía saturarlo todo. Se alegró un poco al ver a lo lejos el resplandor de la linterna de Silva dentro del galpón, acompañado por otro oficial de policía, un forense y lo que parecía ser un mendigo.
-¡Comisario, lindo lugar para armar un fiesta!
-¡Maldición César!- respondió con una sonrisa Ricardo Silva -¿Por qué demonios tardaste tanto? ¿Otra vez descansando en horas de oficina?
-Si llamas descansar a tratar de cerrar los ojos por veinte minutos dentro del auto con la misma ropa de hace tres días… se podría decir que me sacaste del paraíso.
Los dos se saludaron con un fuerte apretón de manos. A pesar de la penumbra, Menéndez pudo distinguir el cansado rostro de Silva. El siempre prolijo comisario parecía que llevaba más tiempo que él sin dormir. Esa noche aparentaba ser un hombre mucho más viejo que los 55 años que declaraba su documento. Estaba completamente desaliñado, despeinado y con la barba crecida. Sin dudas las últimas cinco horas habían sido bastante agitadas.
-¿Contame Ricardo, cómo demonios hicieron para sacarte de tu cómoda oficina nueva?- preguntó al fin el periodista. Luego volvió la mirada hacia el cuerpo inerte que se encontraba arrodillado en el piso con el torso tirado hacia atrás. -¿Y qué demonios hacemos acá?
El comisario se puso serio, y alumbrando a Menéndez al rostro comenzó a explicarle.
-No me jodas, César. Con lo de Pricciota toda la ciudad es un caos. Los teléfonos están saturados. Hay llamadas cada dos minutos de anónimos que dicen saber quién mato al senador. Pero ninguna pista real. Hace dos horas hubo una reunión con todos los comisarios de la ciudad para escuchar por un altavoz al Presidente pidiendo que encontremos al que está detrás de esto antes del amanecer. Y lo peor es que sabe que no tenemos recursos para hacerlo. De todas maneras todos estamos en la calle dando vueltas esperando que surja algo. Hasta que hace cuarenta minutos recibimos la información de que un sereno había encontrado un cadáver en esta pocilga- dijo señalando al hombre sucio, zaparrastroso y de avanzada edad que los acompañaba -Y al escuchar la descripción que hizo de la víctima imaginé que nos podía dar algún dato.
-¿Este tipo?- preguntó extrañado Menéndez, mientras miraba asqueado el charco de sangre que rodeaba el cuerpo.
-Sí, César, este tipo. Me hacés el favor de mirarlo bien y te vas a dar cuenta por qué vine personalmente.
El periodista miró el rostro serio del comisario y sabía que hablaba en serio. Le dio una última bocanada al cigarrillo antes de arrojarlo y se acercó al cadáver lentamente, mientras Silva le ordenaba al forense y al otro oficial que le dieran espacio para trabajar.
Le tomó solo unos segundos entender por qué al comisario le interesaba tanto esta víctima en particular.
-¿Quién es el muñequito de torta?- preguntó más serio e interesado en el caso.
-¡Ah! Te diste cuenta- respondió Silva con una sonrisa.
Menéndez había presenciado cientos de cadáveres en esta zona del puerto y no recordaba a ninguno que vistiera traje. Y menos uno de tanta calidad como el que llevaba puesto. El desconocido no cuadraba de ninguna manera en aquel lugar.
-No lo sabemos. Pensé que era una persona conocida y que vos lo ibas a reconocer, por eso te llame. No tenía ni documentos ni billetera.
-¿Ni reloj?- preguntó el periodista señalando las muñecas desnudas que posaban tiesas sobre el charco de sangre seca -Un tipo que se puede comprar ese traje es raro no lleve reloj. ¿Y su celular?
-Supuestamente no se le encontró ningu…- pero algo interrumpió al comisario. Un leve y lejano sonido se escuchaba casi imperceptiblemente a lo lejos. Parecía una música que sonó unos segundos y luego desapareció. Silva miró instantáneamente a los ojos de su amigo quien también pareció escucharlo. Los dos giraron y se encontraron con el otro oficial y el forense que los miraban atónitos. Ambos hablaron casi al unísono.
-¡El mío no fue!
Silva y Menéndez volvieron a cruzar la mirada y esta vez fueron ellos quienes exclamaron al mismo tiempo.
-¿¡El sereno!?
En ese momento se escuchó el fuerte golpe de la puerta del galpón al cerrarse. El comisario desenfundó su arma, y alumbrándose con la linterna fue corriendo hasta la puerta acompañado por Menéndez y el otro policía.
-¡Está cerrada, maldición!- vociferó Silva mientras con un gesto les pidió a los demás que se alejen y con su pistola apuntó a la cerradura.
El disparo no solo retumbó dentro del enorme depósito, sino que también en la cabeza del periodista recrudeciendo su jaqueca.
Tras darle una fuerte patada, el acceso quedó liberado y todos salieron al estacionamiento. La noche estaba en su punto más oscuro y solo las luces de las linternas iluminaban parcialmente el lugar.
Apuntaban en todas direcciones tratando de encontrarlo cuando a lo lejos, desde la zona de containers, se escuchó el ladrido de un perro. Menéndez solo pudo ver como el comisario, quien parecía rejuvenecido con la persecución, y el oficial se alejaban a gran velocidad en esa dirección, pero él se mantuvo quieto junto a la puerta. Algo no le cerraba. Siguiendo su instinto caminó lentamente en la oscuridad en dirección contraria. Solo la luna y las estrellas lo alumbraban. Se detuvo junto a su auto y trató de agudizar el oído. El sereno no podía haber llegado tan rápido hasta el otro lado del galpón. Trataba de ver en la oscuridad, pero entre la jaqueca y el cansancio a duras penas distinguía las figuras. Necesitaba algo con que alumbrarse o terminaría cayendo al río, cuando se acordó de que en el baúl de su auto guardaba una vieja linterna. Se dirigió a tientas rápidamente hacia la parte trasera del vehículo, abrió el baúl y tanteando con las manos la encontró escondida bajo unos viejos diarios. Trató de prenderla, pero tras apretar el interruptor varias veces, la ansiedad ganó terreno y comenzó a golpearla con fuerza con la mano para que encienda, cuando justo detrás suyo pareció llegar con claridad una melodía que ya había escuchado hacía solo unos minutos. Giró ciento ochenta grados en el mismo momento que la linterna se encendía e iluminaba al viejo sereno quien empuñaba una especie de caño en lo alto preparado para golpearlo. El periodista se abalanzó sobre su atacante cayendo los dos al suelo. Forcejearon unos segundos cuando sintió un fuerte golpe en las costillas que le cortó el oxígeno. Menéndez se retorcía en el suelo indefenso y tosiendo sangre ante los pies del viejo quien volvió a empuñar el caño para golpearlo. Vio que levantaba el arma sobre su cabeza y cuando estaba a punto de golpearlo, cayó desplomado junto a su lado. Una luz lo iluminaba ahora desde arriba encandilándolo, era su amigo Ricardo Silva quien lo apuntaba con la linterna que había usado para noquear al sereno. Adolorido, pero recuperando de a poco el aire y las fuerzas, Menéndez inspeccionó rápidamente los bolsillos del viejo buscando la fuente de donde provenía la música que no paraba de sonar.
-¡Aquí está!- exclamó al encontrar el celular. Silva, el oficial y el forense, quien se había acercado al grupo, miraban inquietos al periodista.
-¡Atiende, demonios!- gritó ansioso el comisario -¡Atiende de una vez!
Tratando de olvidar la jaqueca y el fuerte dolor en las costillas, Menéndez se limpió la sangre de la boca, tomó aire y acercó al fin el aparato al oído.
-¡¿Hola?!- dijo sin saber qué sorpresa le esperaba del otro lado de la línea.